Coaching – Metáfora (23) Zapatos de sufridor

El sufrimiento emocional viene causado, en gran medida, por la falta de conciencia que tenemos las personas de nuestros conflictos internos y por desequilibrios provocados por la acción (o inacción) de los sistemas y personas con los que nos hemos relacionado en el pasado y en el presente.
Desde el punto de vista del Coaching o la Inteligencia Emocional es clave detectar cómo las personas desarrollamos mecanismos de defensa psíquicos y somáticos que hacen que nuestros conflictos más serios sean parcial o totalmente olvidados. De este modo mantemos esa ignorancia sutil que distrae el foco vital de la angustia y nos aleja del auténtico origen del sufrimiento.

La siguiente metáfora ejemplifica esta situación y busca ayudarnos en la toma de conciencia de nuestras propias “estrategias defensivas” ineficientes.

Un hombre entró en una zapatería. Un veterano vendedor lo recibió con amabilidad:

- ¿En qué puedo servirle, señor?
- Quisiera un par de zapatos negros de caballero como los del escaparate, por favor.
- ¡Cómo no, señor! Veamos… el número que busca debe ser el cuarenta y uno.
- No. Quiero un treinta y nueve, si es tan amable.
- Disculpe, señor. Llevo toda la vida trabajando entre zapatos; estoy seguro de que su número es un cuarente y uno. Quizás un cuarenta, pero no un treinta y nueve.
- Deseo un treinta y nueve, por favor.
– Disculpe, ¿me permite que le mida el pie?
– Mida lo que quiera, pero yo quiero un par de zapatos del treinta y nueve.

El vendedor saca de debajo del mostrador ese extraño aparato que usaban antiguamente los vendedores de zapatos para medir pies y, con satisfacción, proclama:
- ¿Lo ve? Lo que yo decía: !un cuarenta y uno!
- Dígame: ¿quién va a pagar los zapatos, usted o yo?
- Usted- contestó resignado el zapatero.
- Pues bien, entonces, ¿quiere traerme un treinta y nueve?

 

El vendedor, entre resignado y sorprendido, va al almacén a buscar el par de zapatos correspondientes al número treinta y nueve. Por el camino se da cuenta de lo que ocurre. Los zapatos no son para el hombre, sino que seguramente sean para hacer un regalo.

– Señor, aquí los tiene: del treinta y nueve. Negros.
– ¿Me prestaría un calzador, si es tan amable?
– ¿Se los va a poner? –
preguntó el zapatero sin dar crédito.
- Sí, por supuesto.
- Pero… entonces… ¿son para usted?
¡SÍ!… ¡¿Me trae un calzador?!

El calzador resultó imprescindible para lograr que el pie del hombre entrase en el zapato. Después de varios intentos y ridículas posturas, el cliente consiguió meter todo el pie dentro del zapato. Entre gruñidos y respiraciones forzadas, caminó algunos pasos sobre la alfombra de la zapatería con creciente dificultad.

- Está bien. Me los llevo- concluyó el cliente.
Al vendedor de zapatos le dolían sus propios pies sólo de imaginar los dedos del cliente aplastados dentro de aquellos zapatos del treinta y nueve.
¿Se los envuelvo, caballero?- preguntó con resginación.
No gracias. Me los llevo puestos.
El cliente sale de la tienda y camina, como puede, por la calle. El zapatero lo sigue con la mirada desde la pureta y ve que trabaja en un banco, a escasas dos manzanas de distancia de la zapatería.

A las cuatro de la tarde, después de haber pasado más de seis horas de pie con los zapatos puestos, la cara de nuestro protagonista está desencajada. Tiene los ojos enrojecidos, las piernas cargadas y las lágrimas se le escapan esporádicamente según la manera de pisar.
Su compañero de la ventanilla de al lado lo ha estado observando todo el día y se muestra preocupado por él.

- ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?
- No. Son estos zapatos.
- ¿Qué les pasa a los zapatos?
- Me aprietan
- ¿Qué les ha pasado? ¿Se han mojado?
- No. Son dos números más pequeños que mi pie.
- ¿De quién son?
- Míos…
- No lo entiendo. ¿No te duelen los pies?
- Sí, me están matando.
- ¿Y entonces?
Te explico - dice, tragando saliva – Yo no vivo una vida de grandes satisfacciones. En realidad, en los últimos tiempos tengo muy pocos momentos agradables.
¿Y…?- preguntó expectante el compañero del hombre.
Me estoy matando con estos zapatos. Sufro terriblemente, es cierto… Pero, centro de unas horas, cuando llegue a mi casa y me los quite, ¿imaginas el placer que sentiré? !Qué placer! !Estoy deseando poder experimentar esa sensación cuando me encuentre solo en mi casa!

Reflexiones:

  • También yo puede que eche de menos una vida un poco más placentera, y quizás podría…
  • ¿Comparto con otros mis momentos de felicidad o doy una sensación social de desgaste y agotamiento?
  • Algunos sacrificios tal vez no tengan sentido… otros puede que sí… ¿te planteas si fuerzas algunas situaciones vitales? ¿Con qué objetivo? ¿Qué precio pagas?
  • Sobre el sufrimiento gratuito, mi reflexión más saludable es…

Nota: Me gustaría dedicar este post a los alumnos y alumnas que comienzan la III Edición del “Experto en Coaching Personal”, dirigido por Paco Yuste en Valladolid.