Coaching – Metáfora (32) Sobre la empatía

Mucho se habla de la empatía hoy día. Con frecuencia se nos explica o teorizamos el concepto y, en mi opinión, escasamente lo vivenciamos y aplicamos. O al menos no lo suficiente y no con la frecuencia o duración que sería deseable. Si nos paramos a leer la acepción de la Real Academia Española podríamos considerarla sintética. Aunque es concreción lo que se espera de una definición, podemos pensar que los académicos han dejando de lado buena parte de los matices de importancia en la explicación formal del término

empatía

A partir del gr. ἐμπάθεια empátheia.
1. f. Sentimiento de identificación con algo o alguien .

2. f. Capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos

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¿Me acompañas en un breve viaje de reflexión sobre la empatía?

Podemos identificar a Aristóteles como el padre de un primitivo concepto de empatía. El filósofo afirmaba que el ser humano era un animal político (ζῷον πoλιτικόν),​ es decir, que es una criatura social: vive en manadas llamadas familias, clanes, grupos, aldeas, pueblos, ciudades o naciones y siente necesidad de juntarse con otros semejantes para poder realizarse como tal. En ese proceso se generan unas normas de convivencia, en principio tácitas o no escritas, en que generalmente el individuo se preocupa por los otros y, más allá de los otros, por la colectividad. Los occidentales lo denominamos urbanidad y los japoneses, con un enfoque un poco más amplio, se basan en un término de la cortesía japonesa u omotenashi, kikubari (気配り): saber anticiparse a las necesidades o peticiones de los demás poniéndose en su lugar para que sean felices.

Desde entonces, a través de las aproximaciones de la filosofía y con la profundización que supuso la madurez de la disciplina de la psicología se han planteado múltiples versiones del concepto, incluso cruzándolo con planteamientos como el altruismo y otras conductas pro-sociales o enlazándolo a las esferas interpersonales de la inteligencia emocional

Desde 1971​ ha habido autores que veían este concepto de manera dualista y separada, distinguiendo una empatía afectiva por un lado y la cognitiva por otro. No fue hasta 1983 cuando Davis considera una aproximación auténticamente multidimensional al concepto que incluye componentes cognitivos y emocionales. Esta teoría afirma que está compuesta por un conjunto de múltiples variables, relacionadas con la sensibilidad hacia los otros, con la detección de sus necesidades y con la distinción de los trasfondos y matices emocionales. 

Volviendo a la definición de la RAE podríamos debatir si la empatía se puede considerar una sentimiento o más bien si representa una competencia o habilidad que posibilita la identificación con otra persona y la aparición de sentimientos como fruto de esa identificación.

Personalmente creo que hay matices definitorios mucho más ricos que traer al primer plano cuando se trata de mostrar comportamientos o actitudes empáticas. Desde mi labor como coach y facilitador de procesos de cambio, me gusta la definición que proponer José Carlos Bermejo: “Arte de captar de manera precisa el mundo de significados, sentimientos, valores o contradicciones que el otro experimenta y devolver comprensión de manera ajustada y sin juicio. Todo ello regulando adecuadamente tanto el grado de implicación emocional con el sufrimiento ajeno como la dispatía que se produce cuando en el profesional invaden sentimientos negativos en relación al otro que dificultan una sana relación terapéutica o de acompañamiento”.

Retomo el dibujo que ilustra este post y que nos puede servir de metáfora sobre el despliegue de la empatía.

El hombre no sabe que hay una serpiente que amenaza a la mujer. La mujer no sabe que hay una piedra presionando sobre el hombre.
La mujer piensa: “¡Me voy a caer! ¡Y no puedo escalar porque la serpiente me va a morder! ¡Por qué no puede él usar un poco más de fuerza y levantarme!”
El hombre piensa: “¡Me duele tanto! ¡Aún sigo tirando de ti tanto como puedo! ¡¿Por qué no intentas escalar un poco más, por favor?!”.

Una conclusión de esta historia, y de este post, podría sería la siguiente: sin empatía en una relación, no puedes ver la realidad a la que está expuesta la otra parte, y la otra parte no puede ver el escenario emocional en el que te encuentras tú. Esto es la vida misma, no importa si se trata del trabajo de la familia o los amigos,… La empatía fomenta el disponerse para comprender a los demás, escuchar para entender y no para resolver y esforzarse por crear relaciones emocionalmente sanas e interdependientes, donde tus necesidades y las de la otra persona estén al mismo nivel. La práctica de la empatía nos facilita el aprender a pensar desde enfoques más ecológicos en lo relacional, aumentando el acceso a ciertos recursos y planteamientos que estaría negados en situaciones no empáticas.

Termino esta entrada con una frase que plantea Harper Lee en su gran novela “Matar a una ruiseñor” (1960): “Nunca conoces realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y has caminado con ellos”. Y te animo, a ti que me lees, a reflexionar si por el simple hecho de haberse socializado en los últimos años la palabra empatía hemos supuesto que hemos adquirido unos estándares mínimos que nos permitan desplegarla en nuestro día a día. Desde mi experiencia nos queda un buen trayecto de mejora por trazar y recorrer. ¿Y tú, estás en el camino?

Nota: Me gustaría dedicar este post a los participantes de la 15 Edición del Taller de Inteligencia Emocional IE1, celebrado en Valladolid este mes de mayo de 2019.
Dibujo:
Raquel Cabrero (Design Thinking I Visual Thinking).